¡ Venga tu Reino !

 

CANTA Y BAILA 2018

“Enséñanos a orar”

Lucas 11, 1-13 Y sucedió que, estando Jesús en oración en cierto lugar, cuando terminó, le dijo uno de sus discípulos: Señor, enséñanos a orar, como enseñó Juan a sus discípulos.

 

Lucas 11, 1-13 Y sucedió que, estando Jesús en oración en cierto lugar, cuando terminó, le dijo uno de sus discípulos: Señor, enséñanos a orar, como enseñó Juan a sus discípulos. Él les dijo: Cuando oréis, decid: Padre, santificado sea tu Nombre, venga tu Reino, danos cada día nuestro pan cotidiano, y perdónanos nuestros pecados porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe, y no nos dejes caer en tentación. Les dijo también: Si uno de vosotros tiene un amigo y, acudiendo a él a medianoche, le dice: “Amigo, préstame tres panes, porque ha llegado de viaje a mi casa un amigo mío y no tengo qué ofrecerle”, y aquél, desde dentro, le responde: “No me molestes; la puerta ya está cerrada, y mis hijos y yo estamos acostados; no puedo levantarme a dártelos”, os aseguro, que si no se levanta a dárselos por ser su amigo, al menos se levantará por su importunidad, y le dará cuanto necesite. Yo os digo: Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, halla; y al que llama, se le abrirá. ¿Qué padre hay entre vosotros que, si su hijo le pide un pez, en lugar de un pez le da una culebra; o, si pide un huevo, le da un escorpión? Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!

 

Jesús rezaba. Con frecuencia sentía deseos de dejar por un momento a aquella muchedumbre interesada, a aquellos discípulos duros de cabeza, para retirarse a un lugar apartado o a una montaña, y allí se quedaba solo delante del Padre.

Para sí mismo no tenía nada que pedir, ni pan, ni perdón, ni protección, ni favores. Pero en su presencia volvía a ser lo que era, se llenaba de paz, escuchaba en lo más hondo de su alma. La conciencia de su filialidad lo llenaba de fuerza y de alegría. Sabía de nuevo que era el Hijo muy amado que el Padre había llenado de sus dones.
Se sentía de nuevo revestido de aquella paciencia infinita, de aquella misericordia incansable del Padre, de aquel amor dinámico y creador. Su oración se desbordaba en palabras de confianza y de cariño: “Padre, yo sé que tú siempre me escuchas. Padre, yo te bendigo. Te doy gracias. Padre, todo lo tuyo es mío…”

Y cuando regresaba, luminoso, radiante, renovado, los apóstoles se preguntaban: “¿De dónde viene? ¿Qué le ha pasado? ¿Quién ha podido transformarlo de ese modo?” Alguno les contaba que había ido a rezar. Y entonces se decían: “¡Ah, si supiéramos orar así! ¡Qué pena que nadie nos haya enseñado a rezar!” Y un día se atrevieron a pedirle: “Señor, enséñanos a orar”.

Y Jesús les enseñó esa oración tan hermosa que es el Padre Nuestro. Es una oración muy parecida a la de Jesús: Santificado sea tu nombre – venga a nosotros tu Reino – hágase tu voluntad. Pero, a la vez es una oración adaptada a las necesidades de los discípulos: Danos el pan de cada día – perdónanos como nosotros perdonamos – no nos dejes caer en tentación.

Más que una oración para rezar, es una oración para meditar. ¿No necesitó él mismo una noche entera para pronunciar solamente un versículo del Padre Nuestro: “Que no se haga mi voluntad, sino la tuya”. Es una oración que los iría transformando a los apóstoles, modelando por dentro, que los conduciría, a lo largo de su vida, a la misma entrega total que su Señor.

Mediante esta oración, Jesús nos muestra el rostro verdadero del Padre: es tan bueno que resulta incluso un poco débil a los ojos de los superficiales; es tan cariñoso que no sabe negar nada; está tan entregado a nosotros que aparentemente hace uno con él todo lo que quiere.

En el Padre Nuestro, Jesús se pone a atacar nuestro escepticismo y nuestra desconfianza, a sacudir nuestra timidez y a afirmar con todas sus fuerzas que no hay ningún límite para la generosidad divina. Nuestros deseos se ven limitados únicamente por nuestro miedo; nuestras oraciones sólo tienen la frontera de nuestra inconstancia; nuestras realizaciones fracasan solamente por nuestra falta de fe. Jamás hay que buscar en Dios la razón de nuestras fallas.
El único obstáculo para que se nos escuche no es la dificultad de disponer al Padre en nuestro favor, sino que es la dificultad de convencernos a nosotros mismos de que hemos de acudir a Él con fe. La única resistencia que puede oponerse a una oración perseverante, no es la del Padre que se niegue a dar, sino la de nosotros que nos empeñamos en no recibir.

Pero no se trata de que nos hagamos todavía más interesados de lo que ya somos. La única cosa que se puede pedir, la única cosa que Dios puede dar, es Él mismo, su espíritu, su amor.
Tengamos cuidado, por eso, con los dones de Dios: son vivos, sorprendentes, activos, peligrosos para nuestro egoísmo y nuestra pereza. El don de Dios hace dar. El perdón de Dios hace perdonar. El amor de Dios hace amar como Él, hasta la pasión y la cruz.

 

El hombre que se

abandona totalmente

en manos de Dios no

se convierte en una

marioneta de Dios, en

una persona aburrida y

conformista; no pierde su

libertad. Sólo el hombre

que confía plenamente

en Dios encuentra la

verdadera libertad, la

gran amplitud creadora de

la libertad para el bien.

El hombre que se dirige

a Dios no se hace más

pequeño, sino más grande,

pues gracias a Dios y

juntamente con él se hace

grande, divino, llega a

a ser verdaderamente él

mismo.

BENEDICTO XVI, 08.12.2005

YOUCAT 469 ¿ Qué es la oración ?

La oración es la elevación del corazón a Dios. Cuando un hombre ora, entra en una relación viva con Dios.[2558-2565]

La oración es la gran puerta de entrada en la fe. Quien ora ya no vive de sí mismo, para sí mismo y por sus propias fuerzas. Sabe que hay un Dios a quien se puede hablar. Una persona que ora se confía cada vez más a Dios. Busca ya desde ahora la unión con aquel a quien encontrará un día cara a cara. Por eso pertenece a la vida cristiana el empeño por la oración cotidiana. Ciertamente no se puede aprender a orar como se aprende una técnica. Orar, por extraño que parezca, es un don que se recibe a través de la oración. No podríamos orar si Dios no nos diera su gracia.

 

YOUCAT 470 ¿Por qué ora el ser humano?

Oramos porque estamos llenos de un ansia infinita  porque Dios ha hecho a los hombres para estar con Él:

«Nuestro corazón está inquieto mientras no descansa en ti» (san Agustín).

Oramos también porque necesitamos orar; así lo dice Madre Teresa: «Como no puedo fiarme de mí misma, me fío de Él las 24 horas del día». [2566-2567, 2591]

A menudo nos olvidamos de Dios, huimos de Él y nos escondemos. Pero, aunque evitemos pensar en Dios, aunque lo neguemos, Él está siempre junto a nosotros. Nos busca, antes de que nosotros lo busquemos, tiene sed de nosotros, nos llama. Uno habla con su conciencia y se da cuenta, de pronto, de que está hablando con Dios. Uno se encuentra solo, no tiene con quien hablar y percibe entonces que Dios siempre está disponible para hablar. Uno está en peligro y se da cuenta de que Dios responde al grito de auxilio. Orar es tan humano como respirar, comer, amar. Orar purifica. Orar hace posible la resistencia a las tentaciones. Orar fortalece en la debilidad. Orar quita el miedo, duplica las fuerzas, capacita para aguantar. Orar hace feliz.

YOUCAT # 3 El hombre es «capaz» de Dios- ¿Por qué buscamos a Dios?

Dios ha puesto en nuestro corazón el deseo de buscarle y encontrarle. San Agustín dice: «Nos hiciste, Señor, para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en ti». Este deseo y búsqueda de Dios lo denominamos -> RELIGIÓN.

Para el ser humano es natural buscar a Dios. Todo su afán por la verdad y la felicidad es en definitiva una búsqueda de aquello que lo sostiene absolutamente,  lo satisface absolutamente)/ lo reclama absolutamente. El hombre sólo es plenamente él mismo cuando ha encontrado a Dios. «Quien busca la verdad busca a Dios, sea o no consciente de ello» (santa Edith Stein).

Rezar significa

«tratar de amistad,

estando muchas veces

tratando a solas con

quien sabemos nos

ama».

SANTA TERESA DE JESÚS


Encomiéndate a

Dios de todo corazón,

que muchas veces suele

llover sus misericordias

en el tiempo que están

más secas las esperanzas.

MIGUEL DE CERVANTES


Orar no es oír hablar a

uno mismo, ni.

es quedarse en silencio

y esperar hasta que el

orante oiga a Dios.

SOREN KIERKEGAARD